Lo cierto es que la mayoría derrapábamos por un mundo de consumo desorbitado y acción 24/7, en muchas ocasiones como víctimas inconscientes ante el exceso de elección y el poco tiempo disponible para todo ello. Hasta que llegó la Covid-19, paró en seco la carrera y nos envió a todos al “pit stop”, invitándonos a ver la vida desde un balcón y sin filtros.

Esta crisis sanitaria ha sido y es una amenaza con la triste factura de quienes se han quedado en el camino. Pero, como toda amenaza, también es una oportunidad para pensar en el cambio y para cuestionar lo que ya era evidente: el modo en el que vivimos y trabajamos reclama más calma, control, salud, sostenibilidad y eficiencia.

La velocidad sin control, el estrés negativo, la multitarea, el desequilibrio emocional, el despilfarro, la mediocridad como norma o la necesidad de omnipresencia son posiblemente los virus de los que casi nadie hablaba ni habla. Ahí estaban antes del Covid, allanándole el camino, y ahí siguen, amenazando con volver a marcarnos la pauta cuando el miedo o la cautela bajen la guardia.

Ninguna filosofía o sistema de trabajo resiste inalterable el paso del tiempo. Los modelos y estrategias que durante años han aportado crecimiento pueden ahora convertirse en un lastre para continuar avanzando. La clave del progreso está en reconocer cuándo ha llegado el momento del cambio y en escoger correctamente el nuevo rumbo. 

Esta crisis ha evidenciado más aún el problema y también ha puesto en valor todavía más su solución. Son cada vez más los profesionales que proponen, con mucho fundamento, una reforma de los principios de actuación y de la manera en que se entiende la empresa, el trabajo y la vida moderna. El movimiento Slow propone aprovechar lo bueno del progreso, sin abandonar lo bueno de lo tradicional, equilibrando nuestras vidas y protegiendo lo más importante. En el campo de la alimentación, de la hostelería, del deporte, de la moda e incluso de la medicina y la odontología, somos cada vez más personas reclamando hacer frente al problema. 

Comparto en esta ocasión tres conceptos que ya eran, son y sin duda pienso serán vitales en nuestro devenir como profesionales e incluso como ciudadanos.

1. Calidad

La cantidad sin calidad es tan peligrosa como la potencia sin control. Una clínica que quiere crecer, lo hace sobre sus bases. Si la base es caótica, el crecimiento traerá más caos. Si por el contrario la base es la calidad, el crecimiento será más seguro y sostenible. Por lo tanto, habrá que dirigirse hacia un modelo donde la calidad prime sobre la cantidad, cuando se favorece el trabajo en equipo, la buena gestión, el orden y el control. 

2. Calma

‘Vísteme despacio, que tengo prisa’ es un dicho popular excelente para entender el concepto. Trabajar con prisas suele hacernos incurrir en errores que nos obligarán a repetir el trabajo de inmediato a corto plazo, alargando el tiempo invertido y retrasando la entrega, además de incurrir en costes adicionales innecesarios durante la ejecución. Si de verdad queremos ser rápidos, la calma nos ayudará a hacerlo bien a la primera, consiguiendo terminar antes, aumentando el ahorro y la satisfacción del cliente.

3. Más humano 

El mundo no es sólo un lugar de compradores y vendedores. Es también un mundo de personas y emociones. Recuperar la comunicación y la escucha como elemento fundamental en cualquier profesión (sin que eso signifique alejarse de la innovación y la tecnología), es la base del crecimiento natural y de la sostenibilidad de cualquier clínica. Una atención al paciente slow mejorará nuestra reputación como profesionales, y aumentará un boca-oreja que atraerá a más pacientes.

A la espera de vacunas, quizá la corriente slow sea la mejor medicina para la salud y para la economía.

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Puedes consultar más sobre el movimiento slow en la odontología, registrándote en www.slowdentistryacademy.com